Cosas en el cielo y en la tierra
No soy Dios porque nada de lo que me rodea está hecho a mi imagen y semejanza
A veces me pregunto si realmente estamos solos en este mundo. Me planteo la posibilidad de que yo específicamente esté sola en este mundo. Tal vez no haya nadie más que yo a mi alrededor, tal vez nada de lo que sucede sea real. ¿Es mi mente capaz de crear vidas y darles voz? Me cuesta creerlo porque muchas veces me he planteado ser escritora, pero cuando me siento en mi mesa, con bolígrafo en mano, me vuelvo impotente. No he conseguido desarrollar la capacidad de dibujar personalidades desde cero, de averiguar cómo hablan de forma orgánica y poder reproducirlo. Eso debe indicar que, definitivamente, no soy solo yo delirando y generando fantasías para atrezzar mi existencia. Al menos, eso es lo que dicen la lógica y, en cierta forma, la experiencia. Sin embargo, no consigo quitarme esta idea de la cabeza. Es complicado salir de la mente de uno y tratar de introducirse en la ajena, ya no en un ejercicio de empatía o de ponerse en los zapatos de otros, sino de comprender que ellos también existen. No sé si la mente humana, en su afán de protagonismo, es incapaz de ceder esa posición en el centro del universo. Al menos, de entender que puede haber diferentes universos y, por lo tanto, los puntos de fuga serán variados. A veces pienso que es como mirar al cielo y comprender que hay un Sol en nuestra galaxia, pero que el espacio tiene mucho más que se escapa de nuestro alcance. No se puede concebir la infinitud, sabemos que existe, pero no podemos procesarla. Ya se dijo una vez que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las soñadas por nuestra filosofía.
La cuestión es que la historia no puede girar en torno a mí, sé que hubo mundo antes de que yo naciese y que seguirá quedando cuando yo me haya marchado por completo. En ese sentido, contar mi vida sería pretender hablar de un pequeño matiz que no es más que una diminuta aportación a la humanidad. Sería mirar demasiado cerca un cuadro enorme y no poder asimilarlo como un todo. Por ello creo que tengo que cambiar de prisma. Tal vez no sea cuestión de hablar de mi vida en referencia al mundo, sino de hablar del mundo en referencia a mi vida. Seguro que es una visión más completa y que me permitirá ser subjetiva sin sentimiento de culpa porque, en este caso, yo soy el centro y hablaré de lo que veo orbitar a mi alrededor. El caso es que hay un astro que destaca por encima del resto y creo que va a acaparar en cierto modo la narración. Es difícil abordarlo, tendría que empezar desde el principio, pero en mi mente todo se mezcla cuando el pasado está tan próximo que no recuerdo lo que hice ayer. En algún sentido que no logro comprender, todo comienza con ella, como si un cataclismo destruyese lo que ya existe porque falta algo. Si bien sé que había mundo antes de su aparición, lo cierto es que no tenía forma, era humo que se extendía difuminando los contornos de mi realidad.
Nunca tuve el talento necesario para congeniar con la gente. No pertenecía a la misma realidad que ellos y me costaba comprender cómo debía interactuar. Yo estaba encerrada en una cabina aislada a la que los mensajes del exterior llegaban con cinco minutos de retraso, lo justo para que nada de lo que respondiese a lo que oía tuviera sentido. Es extraño sentirse sola cuando el mundo está tan lleno. Es difícil no poder entenderse cuando se habla el mismo idioma. Tal vez Dios no necesitaba realmente darnos diferentes lenguas para frenarnos. Puede que, con esperar un poco, hubiese visto que los obreros de Babel dejaban de entenderse aunque empleasen las mismas palabras. Tal vez eso es otra prueba de que no estoy sola porque, si nadie más existiese, todo coincidiría conmigo. No soy Dios porque nada de lo que me rodea está hecho a mi imagen y semejanza.
Cada día me pregunto qué es lo que me distancia tanto del resto, que es como hacerte una herida en la rodilla y no parar de arrancar la costra a medida que va curando. Con el tiempo debería haberme acostumbrado a que no estoy hecha para todo el mundo. Por eso me sentí tan diferente cuando descubrí que estaba hecha para ella. La realidad giraba a mí alrededor el día que apareció, y cuando la vi todo se frenó de forma súbita. No paro de adelantarme porque quiero presentarla, pero es difícil introducir ese elemento determinante.
Yo llevaba años allí, en aquel colegio, rodeada de niños de mi edad y profesores que no comprendían nada. Los niños no se querían relacionar conmigo y mentiría si dijese que yo tenía algún interés en ellos. Para mí eran animales de otra especie, su código genético no se parecía al mío más que el de una oveja. De hecho, sí que es cierto que los veía como ovejas, todas juntas en un rebaño, tranquilas con su cometido de comer hierba, envueltas en cálida lana para protegerse del frío. Yo siempre he tenido frío. Alguna vez un niño se acercó a mí en un afán de jugar juntos, sin necesidad de conocernos ni saber nuestros nombres. En los pocos momentos en los que eso sucedía, era yo la que se apartaba.
Los profesores, como ya decía, no entendían nada. Si los niños eran de otra especie, los profesores eran aún más ajenos, separados no solo por la biología, sino también por el espacio y el tiempo. No estaban ahí, no podían verme. Compartían mi espacio, pero eran demasiado grandes y nunca miraban hacia abajo. Éramos hormigas a su lado, con el mismo derecho a existir, pero sin ser percibidos. Había que dar gracias si no te pisaban sin percatarse de tu presencia. Tantos años sola y nunca se acercaron. Realmente he llegado a pensar que no podían verme, mucho menos ayudarme. Igual las cosas habrían sido distintas si alguien mayor me hubiese explicado lo que pasaba. Es posible que no se involucrasen porque aceptar que existía una realidad tan alejada de la suya habría sido demasiado para asumir. Cuando somos adultos olvidamos. Nos enfrascamos tanto en nuestro presente que somos incapaces de regresar a lo que un día fuimos. Las historias de los niños tienen mucho poder y a menudo se infravaloran. La vida adulta es sórdida y cruda, pero la percepción imaginativa de un niño puede hacer de un problema de la madurez algo desmesurado, imposible de manejar a tan joven edad. Un suceso desafortunado desciende por un embudo invertido que se desborda en las manos, desprovistas de herramientas, de un niño, y termina viéndose ahogado por las circunstancias. Olvidamos cómo se ven los problemas desde abajo porque, incluso desde la misma altura, es demasiado difícil sostenerles la mirada.
El tiempo fluía a mi alrededor y se sucedía igual que pasa sobre los monumentos, en una lenta degradación que los destina a la completa desaparición. Me habría disuelto en ese aire si no la hubiese visto allí. Casi en un rincón, apartada, desconocida. Era la primera vez que la veía y parecía estar resistiéndose a aspirar esa atmósfera viciada que nos adormece convirtiéndonos en un todo. Como si llevase un bloque de hormigón anclado al tobillo, se negaba a separarse de su pupitre en un aula llena de niños levantados. Su pelo caía en una cascada lisa que, pese a llevar peinada tras las orejas, le tapaba la cara por el ángulo bajo de su mirada. Era el pelo más largo que había visto yo, como un intento de Lady Godiva que siente su melena como lo único que puede cubrirla. Lady Godiva con el tiempo destrozó su cabello y se dejó ver como María la Sanguinaria. Las orejas que sostenían su capa eran especialmente redondas, despegadas de su cabeza hasta el punto de darle un aire feérico, similar a la apariencia de un duende pícaro que esconde los calcetines por el hogar. Según me acerqué, noté que tenía un olor propio, tal vez de algún detergente que su madre utilizase en exceso o de un ambientador que se impregnaba en sus hermanos y en ella cada mañana. Me pasé años acompañada de ese olor que se incrustaba en la raíz de tus fosas nasales, una sinusitis de la que no conseguías librarte. Cuando estuve a su lado y me miró, lo hizo con una expresión de fiereza. Podía mirarte con los ojos del que ve a su mayor enemigo sin tan siquiera conocerte. Sus cejas, finas, pero marcadas y oscuras, tal vez demasiado juntas, le daban un aspecto desafiante. Mis ojos grises y curiosos se encontraron con los suyos, de color y naturaleza oscuras. Mirar su iris era aproximarse a una cueva ensombrecida y preguntarse qué se ocultaba en el fondo. Yo nunca llegué a averiguarlo, no sé si ella lo sabía siquiera.
En un mundo en el que yo renegaba de la compañía, algo me atrajo inevitablemente a ella. Una misión predestinada que la Divina Providencia me había dictado. Era un sentimiento tan instalado en mí de golpe que me era imposible ignorar. Mil veces he pensado que tal vez hubiera sido mejor huir en la dirección contraria, pero es probable que algo me hubiera frenado en seco para retenerme. Hablé con ella y realmente no logro recordar qué respondió. Yo insistí en conversar porque con doce años no sabes asimilar el rechazo. De alguna forma nos hicimos amigas, ella en su obstinada reclusión del mundo y yo en mi invisible fluir por él. Éramos dos personas que se escondían de formas diferentes, pero que podía ocultarse juntas y eso era lo que importaba.
Incansablemente,
María
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