Siempre Alejandría
Acerca de la magia...
Aún recuerdo esa noche en la que descubrí la magia. Tal vez pudiese hablar de mis primeros acercamientos a ella, pero dudo haber sido consciente de su naturaleza hasta ese momento. Desde entonces, ha habido una atracción incondicional en mí que me arrastraba hacia ella, dejando la huella de muchos en la mía propia. Con los años, empecé a descubrir los detalles inherentes a la magia y así comprendí que es su carácter liminal y, en parte, intangible lo que la hace especial. Digo que esta magia del umbral es intangible porque, aunque pueda ser tocada por cualquiera, nadie puede asirla. Al menos, no de una forma física por las limitaciones del mundo material. Esto forma parte de la preciosa idiosincrasia que hace mágica a la magia, como si de una transubstanciación se tratase, como si los creadores declamasen un «hoc est corpus» para permitir a la humanidad estar más cerca de esta fantasía. Magia de las ideas que flotan en la mente humana y que se posa sobre papel, tiñéndolo y cambiando así su condición, su propio concepto. Tornando objetos en historias y, a su vez, en el alma humana y todos los secretos que atesora en lo más profundo de sí misma. Los libros, siempre han sido ellos, hay cierta vida que los rodea y que a la vez late en su interior. Esa magia bombea la sangre que recorre cada filamento que forma el papel, cada hilo que une la encuadernación como pequeños tendones. Tienen piel como nosotros y contienen encapsulada a toda la humanidad.
Ellos son la fórmula de la vida eterna que me ha permitido ser todo lo que quise. Mientras me encuentro postrado sobre este ajado colchón, esperando a que mi última exhalación sea la huella final de mi existencia, las páginas que he leído se pasean ante mí como imágenes vívidas. Gracias a ello en mi infancia fui un pirata y un explorador. De pequeño derroté ejércitos y ascendí a la Luna. Hoy, que ya he agotado mi tiempo, vuelvo a los libros y siento que nazco de nuevo. Hoy mis ojos de anciano se tornan en los de un niño. Cuando mis párpados cansados se cierren podré observar con la vista de aquel que nunca morirá.
Incansablemente,
María
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