Sobre la figura del narrador no fiable en la ficción

La mano que nos guía y la que se oculta tras la espalda

Te encuentras solo, desconoces todo aquello que te rodea y la única opción que pasa por tu cabeza es andar hasta encontrar un cartel que te indique dónde estás y por dónde debes continuar tu camino. Tras unos pasos inciertos, ves un letrero y parece que, con él, tu pulso se relaja y te sientes más seguro, porque la información es poder y los carteles no mienten… ¿o sí?.

Tal vez pequemos de inocentes, tendemos a confiar en que existan ciertas normas inalienables cuando nos adentramos en una obra de ficción. Nos gusta pensar que sabemos lo que hacemos y que podemos discernir la realidad de la invención, cuando lo cierto es que no podemos fiarnos ni de nuestro propio criterio. Es por esto que la voz narrativa, en cualquier formato, tiene tanto poder sobre nosotros. Ya sea en un libro, una película o en un videojuego, empezamos la historia en una posición de vulnerabilidad, somos alguien que acaba de llegar y nuestro único vínculo con la supervivencia es el narrador que nos guía, pero nada nos asegura que esta voz nos cuente la verdad. Esta figura que atenta contra la frágil relación entre el espectador y los hechos es conocida como narrador no fiable.

El narrador no fiable es, en apariencia, un recurso moderno, el siglo XX está plagado de historias a medio contar y voces subjetivas que no permiten ver con claridad. Sin embargo, siempre ha existido el engaño y siempre ha necesitado servirse de alguien para mantenerse vivo. Ya en el siglo XIV, Geoffrey Chaucer emplea la falta de credibilidad de forma muy astuta para retratar a sus personajes de Los cuentos de Canterbury. El narrador de Chaucer describe a los peregrinos aportando una cantidad de detalles que se contradicen con la idea que estos individuos intentan trasladar. Este método tan sagaz de contar la historia permite que el lector atento se percate de ciertas inverosimilitudes y descubra por sí mismo que el autor no pretende sino criticar las faltas y la hipocresía que subyacen en la sociedad. Esto aporta un valor añadido al texto, en el que el lector tiene el papel activo de deducir el mensaje tras la cortina. Como dijo el autor británico Terry Pratchett en su novela Cartas en el asunto: «A veces se llega a la verdad juntando todas las pequeñas mentiras y restándolas de la totalidad de lo que se conoce».

Resulta fascinante comprobar las múltiples formas que existen para contar una historia, especialmente cuando conseguimos entender lo que ha sucedido no solo a pesar de la falta de declaraciones sobre ello, sino precisamente por esta ausencia de relato de hechos determinados. Esto se ejemplifica a la perfección con una novela de Sarah Manguso, Gente muy fría, publicada por la editorial Alpha Decay en 2023. Esta obra se encuentra narrada de forma fragmentaria por una mujer que cuenta, con cierta despersonalización, la crudeza de su niñez a través de todos esos momentos que un niño no comprende, pero en los que un adulto puede leer entre líneas las mayores atrocidades. Cuando un niño lleva la voz narrativa, el discurso se tiñe de un carácter naif del que no siempre podemos fiarnos.

Algo interesante de este recurso es qué individuo lo está empleando, es importante que nos preguntemos a quién pertenecen las manos que tocan esa música que acompaña la experiencia. Ya he señalado que en la juventud reside cierta inocencia e impulsividad que desdibuja los hechos a través de la escasa comprensión de los mismos. Sin embargo, todos los tipos de personas mienten, y si no lo creyéramos los inocentes seríamos nosotros. Dicen que cada vez que recordamos algo lo hacemos de forma distinta, distorsionando esa idea original. También es cierto que no todos veremos lo mismo mientras nuestra posición sea diferente.

En algunas ocasiones, la voz narrativa cae en las manos de personas trastornadas, que canalizan su visión retorcida de la realidad en violencia, odio y crueldad. Edgar Allan Poe destaca con este tipo de narrador en sus relatos, con personajes que nos hablan desde la honestidad de su alteración mental para tratar de excusar sus terribles actos, intentando justificar a través de la razón aquello que se hizo desde la más perversa emoción. Es común que estos narradores quieran buscar consuelo y pretender que nos identifiquemos con ellos, para ello nos relatan los matices necesarios para conseguir nuestra empatía. Podemos pensar que nuestros valores están lo suficientemente arraigados como para no caer en la trampa, pero mucha gente sigue pensando que Lolita es una historia de amor, o que aquella niña, víctima de abusos, trataba de provocar al narrador sólo porque él así lo dice.

Por otra parte, no todos los problemas de la psique humana se traducen en maldad, los desequilibrios de la mente pueden llegar a generar delirios y las Fata Morgana pueden resultar más reales que nuestra propia carne. Uno de los casos más famosos de esto es el libro El club de la lucha, de Chuck Palahniuk, y su película homónima. Es interesante ver los métodos en los que una mente abrumada materializa recursos y vías de escape para aliviar el dolor. Este tipo de narración cobra valor en la empatía tan genuina que produce, ya que el narrador confía tanto en lo que nos cuenta como nosotros, que somos ajenos a los hechos. El espectador recorre los caminos de la ficción agarrado de la mano de esa voz confusa, que ve su mundo derrumbarse junto a él.

Parece ser que el narrador no fiable no se atribuye a un tipo concreto de persona, si hay alguien que pueda apropiarse de esta voz como suya es la propia crítica a la sociedad, las circunstancias o los valores presentes. Nuestros sentidos perciben mentiras e incongruencias que, con un poco de pensamiento crítico, desentierran la verdad que yace oculta, pero también profundamente latente.

Incansablemente,

María

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